Las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada

domingo, 9 de marzo de 2014

Respirando jazz





Era pequeña y no me gustaba mucho aquella música, muchas veces solo instrumental, otras veces lamentos de trompeta y siempre en una lengua que no comprendía.
Uno de los pocos recuerdos que conservo de mi padre es su música, su jazz.

El jazz fluía de su gramola, sobretodo en el verano con los balcones de la casa abiertos, para que la corriente de aire paliase el calor. No teníamos aire acondicionado en aquellos tiempos, ni recuerdo si ya existía algo mejor que el ventilador.

Mi madre, que nunca ha sido muy musical, mas que para cantar en la cocina, inquiría a mi padre preguntándole si la música la ponía para él o para que la escuchara todo el barrio.

Ella no entendía que la música debe oírse así, con fuerza, con un volumen suficiente para hacer que nuestro corazón vibre de emoción y nuestros pies se muevan solos. 
Y así, durante mis primeros ocho años de vida el jazz era la música que flotaba en el aire de casa de mis padres.
Mi padre había tocado el contrabajo en un grupo de jazz en su juventud, al punto de querer dedicarse profesionalmente, pero eligió la familia.
Cuando yo tenía ocho años, mi padre murió y fue como si también muriese aquella gramola, como si de repente la música hubiera desaparecido del universo. Así lo recuerdo. Pienso que durante años la música fue desterrada de mi casa. Tiempos antiguos de luto, de recogimiento, de catolicismo rancio y costumbres sociales castradoras.
Con el paso de los años, el jazz volvió a aparecer en mi vida, de la mano de otras personas especiales para mi y empecé a entenderlo, a sentirlo, a conocer un poco mas a mi padre que murió  y se llevó la música con él.
Asistir a los conciertos en la pérgola del parque de la Ciutadella o de la terraza de la Pedrera con amigos entusiastas siempre ha sido muy gratificante. Ellos en cierto modo me devolvieron parte de lo que había perdido.


Mis reencuentros con el jazz hacen que  mi mente se ponga  a procesar imágenes preciosas.
Recuerdo como si hoy fuera, un concierto de jazz en el parque donde mi corazón saltaba por mas cosas que la música. La música en medio del silencio, la oscuridad, los árboles. Una noche mágica que esperaba que se multiplicara por cientos.
El otro día en el Jamboree de Barcelona disfruté tanto del jazz en directo, que nuevamente se removió todo en mi, supongo que por eso hoy estoy escribiendo sobre el tema.
Definitivamente el jazz es un nexo acústico que me ha enlazado con personas muy importantes en mi vida, igual que en la actualidad. 
Ha venido a mi memoria un texto del escritor japonés Haruki Murakami que aunque de forma muy distinta, me transporta a mis propias emociones y por eso sentí la necesidad de compartirlo con vosotros.
Espero que sea de vuestro agrado.



TRES SOLOS DEL JAZZ -Haruki Murakami -

"Yo escuchaba mucho a Billie Holiday cuando era joven. Y me parecía conmovedora. Pero no llegué a apreciar realmente lo maravillosa que era hasta después, cuando fui mayor. Lo que significa que, después de todo, el envejecimiento tiene algunas compensaciones.
En los viejos tiempos, yo escuchaba la música que grabó en los años treinta y principios de los cuarenta. Durante esos años, su voz era fresca y juvenil, y ella producía una canción detrás de otra, la mayoría de las cuales fueron reeditadas por Columbia Records en los Estados Unidos. Rebosaban de imaginación y vuelos acrobáticos de canto. El mundo entero se balanceaba a su ritmo. Lo digo en serio, el planeta se mecía de verdad. No estoy exagerando. Estamos hablando de magia, no sólo de arte. El único otro músico que conozco con semejante virtuosidad mágica era Charlie Parker.
Mi joven Yo no escuchó con tanta atención las grabaciones posteriores de Billie Holiday, su época en Verve, que grabó cuando las drogas habían vuelto áspera su voz y corroído su cuerpo. O tal vez las evité a propósito. Sus canciones de esa era, sobre todo durante los años cincuenta, me parecían dolorosas, opresivas, patéticas. Sin embargo, a medida que atravesé mis treinta años y entré a los cuarenta, me encontré poniendo esas canciones en mi tornamesa más y más a menudo. Sin saberlo yo, estaba comenzando a ansiar esa música, física y emocionalmente.
¿Qué era lo que me estaba volviendo más hábil para escuchar en las canciones posteriores de Billie Holiday, canciones que de alguna manera podríamos catalogar como destrozadas, que antes no podía escuchar? He pensado mucho en esto. ¿Por qué han ejercido tan poderosa atracción en mí?
Se me ocurrió hace poco que la respuesta podría de alguna manera involucrar la idea del «perdón». Cuando escucho las canciones posteriores de Billie Holiday, puedo sentirla extendiendo la mano para abrazar los corazones de las muchas personas que he herido en el transcurso de mi vida y en mi escritura, aquellos que han sufrido por mis errores, y atrayéndolos hacia sí. Todo está bien, canta ella para mí. Déjalo ir. Esto no tiene nada que ver con «sanar». Yo no estoy siendo sanado en manera alguna. Es simplemente el perdón.
Sé que esta interpretación de la música de Billie Holiday es demasiado personal. Jamás sugeriría que puede aplicarse a todos. Por eso es que recomiendo su magnífica colección de Columbia. Si tuviera que escoger sólo una canción, sería sin duda «When You’re Smiling». El solo de Lester Young a la mitad es también un deleite, una obra de genio.
«Cuando tú sonríes, el mundo entero sonríe contigo».
Y el mundo de verdad sonríe. ¡Puedes no creerlo, pero en verdad brilla!"


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