Las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada

martes, 11 de enero de 2011

La mujer árbol




Su madre tenía razón y es que generalmente las madres siempre la tienen.
Ella no estaba hecha para estar al lado de un hombre tan especial, tan complicado.
Los problemas surgían flagelando constantemente sus corazones y llegó un momento en el que se vieron saturados. Demasiada presión, demasiadas renuncias por parte de ambos que les pasaban factura.
Ese loco amor no soportó tanta distancia, tantas trabas y se fueron alejando sin quererlo, sin darse a penas cuenta.
El decidió desaparecer tal como llegó.
En silencio, emprendió el camino a la separación, se despidieron con un te quiero cierto, pero con un adiós definitivo.
Ella aguantó el tipo, no quiso llorar y cuando el se giró y se puso a caminar, ella se partió en cuatro. Se abandonó a una depresión que la mantenía en cama todo el día. Su gente no sabía que hacer ya para liberarla de ese estado.
Miraba por la ventana deseando que apareciera por el camino que un día tomó, imaginando su regreso, pero era todo en vano, los días pasaban, los meses y el no daba señales de vida. Empezó a creer que estaba muerto y decidió no seguir viviendo pues su vida no tenía sentido sin él.
Reunió las pocas fuerzas que le quedaban, se vistió y dejó unas pocas letras de despedida a los únicos seres que le importaban en la vida. Pensó que por una vez podía ser egoísta y se marchó a morir donde nadie le conociera, donde no turbara a nadie con una muerte desagradable.
Tomó un tren y bajó en la estación de un país extraño para ella, pero al que conocía como si fuera el propio a pesar de no haberlo pisado en su vida.
El amaba intensamente su país y había pasado horas y horas hablándole de él durante aquellas veladas interminables ante la chimenea.
Ella reconoció el olor de esa tierra, él llevaba el bosque impregnado en su piel el primer día que se amaron. Ese recuerdo la hizo sonreír durante unos instantes, pero pronto regresó a su triste realidad, a su soledad, porque él ya no estaba allí.
Se encontró totalmente sola en la falda de una gran montaña y pensó que era un buen lugar para abandonar este mundo.
Primero avanzó por senderos marcados por robles viejos y mas tarde cuando se terminaron siguió subiendo campo a través, entre las piedras y los matorrales.
Las zarzas le arañaba las piernas y el aire frío se empezaba a sentir con fuerza
Caminó cuesta arriba hasta encontrar el lugar preciso, el lugar elegido.
Exhausta, se sentó en la alfombra de hojas que cubrían el suelo para descansar y recuperar el aliento, pero rápidamente se levantó pues no quería morir en el suelo y fundirse con la hojarasca. Quería como lecho de muerte un pasto verde como aquellos ojos que se habían apoderado de su alma y de su voluntad.
Estaba helada de frío y casi no podía ver. La noche se había adueñado de todo. Se apoyó en un árbol, quería estar en pie al exhalar su último suspiro mientras sentía congelarse la sangre en sus venas. El frío era terrible y las lágrimas que brotaban de sus ojos se congelaban rodando por su rostro.
Sacó fuerzas, se incorporó y levantando sus brazos gritó mirando al cielo con la fe de una niña capaz de soñar imposibles y rogó una muerte rápida con un grito desgarrador en mitad de la noche.
Entre el rezo y la ira ofreció una vida que ya no conseguía vivir porque le había sido arrebatada.
Los sonidos del bosque enmudecieron y el silencio se tornó aterrador.
El cielo habló. Sintió un cosquilleo por sus piernas y de sus pies surgieron raíces que se hundían en el suelo aferrándola a la tierra.
De sus brazos extendidos crecieron ramas y hojas y su cuerpo se hacía leñoso. La inmovilidad se apoderaba de ella, perdía la sensibilidad.
Estaba asustada, pero pronto se serenó, el frío había cesado la tortura de su piel.
Cambió la muerte por una nueva vida, una vida de árbol. Finalmente los dioses no eran tan crueles, parecían darle otra oportunidad de encontrar a su amor.
¿Quien sabe si el no pasaría algún día por allí?
¿Quien sabe si no se sentaría a reposar bajo la sombra de sus ramas y recostaría su cuerpo sobre su tronco, como hacía cuando estaban juntos y ella enredaba sus dedos en su cabello alborotado?
Esas ideas, esas imágenes llenaron su vida por años.
Las estaciones pasaban sobre ella amablemente. La lluvia la hacía reverdecer y las nieves del invierno hacían brotar sus hojas con mas fuerza.
Se embriagaba con el olor a bosque, el olor de su amado.
Pudo ver las manadas de lobos, los corzos de los que le hablaba y mientras, los pajarillos anidaban en sus ramas alegrándola con sus dulces trinos.
En la noche tranquila solo se podían escuchar las risas del río que serpenteaba entre las rocas y los animales buscaban refugio a su abrigo.
Consiguió vivir de cerca cuantas cosas le relató su adorado, solo que no pudieron vivirlo juntos, sentados en aquel porche de la casa de cortinas grandes, como tenían pensado mientras los años plateaban sus cabellos, fuertemente abrazados como la primera vez cuando se conocieron.
Era feliz a su manera pero jamás pudo apartar el recuerdo de aquel ser al que tanto amaba. A menudo derramaba lágrimas pensando en si el seguiría vivo, si sería feliz, pues en tantos años y a pesar de ser su bosque, jamás lo vio pasar por allí.
Los años transcurrían plácidamente y un día de calor sofocante aparecieron por allí dos jinetes. Se apearon del caballo y se sentaron a descansar bajo su sombra.
Mantenían una charla amena, recordaban tiempos pasados. Hablaban de cuando las manadas de caballos salvajes corrían libremente y poblaban las montañas.
Disfrutaba escuchando sus voces cuando de pronto uno mencionó el nombre de su amor.
El verde corazón de la mujer árbol se sobresaltó, la sabia corrió bruscamente por todo su tronco y sus ramas se agitaban en un vano intento de inclinarse hacia el suelo para poder escuchar mejor la conversación de los hombres.
Decían recordarle con cariño. Uno le explicaba al otro que tras sufrir una crisis amorosa se marchó en busca de fortuna sin saber si volvería. Cuando arregló su vida y regresó a buscarla nadie pudo decirle donde se encontraba su querida niña. Desapareció un día dejando una escueta carta de despedida.
La policía la buscó pero al cabo de algún tiempo abandonaron. El permaneció mucho tiempo en el pueblo esperando que ella regresara, pero nunca volvió.
Pasó el tiempo y él se marchó a tierras lejanas de las que guardaba gratos recuerdos de juventud. Conoció una bella mujer con la que se casaría poco después.
Uno de los hombres aun hablaba con el por teléfono de vez en cuando para felicitarle las Navidades pues habían sido íntimos amigos.
Dijo que en verano iban a venir de vacaciones para mostrarle a su esposa su pequeño país que tanto idolatra.
Al rato los dos hombres montaron y se alejaron perdiéndose en la frondosidad del bosque.
La mujer árbol sonrío alegrándose de que hubiera encontrado la estabilidad y la felicidad , aunque no hubiera sido con ella.
La vida juega malas pasadas. Ambos se alejaron por problemas solucionables y después no consiguieron reunirse por un cúmulo de desencuentros, con la pena de amarse locamente y no poder reencontrarse.
La mujer árbol se arrepintió de tantas discusiones, de tantas despedidas drásticas, de tanta pérdida de tiempo, cuando eran dueños de un amor como el que no había dos.
Si ella se hubiera quedado en casa en lugar de avanzar hacia un suicidio seguro, se habrían encontrado y hubieran sido felices como siempre lo eran mientras estaban juntos, mientras los días se confundían con las noches enredados en amores.
Ella le siguió amando en la tranquilidad del bosque durante dos siglos, aferrada a un dulce recuerdo, sabiendo de cierto que el habría muerto hacía años.
El jamás volvió a pasear cerca de la mujer árbol, ni de esa roca donde se esperaban y soñaban. Nunca volvieron a encontrarse.
Le amó hasta que un rayo la fulminó e hicieran de ella leña.
Ella le amó mas allá de la muerte de ambos y el nunca lo sabría.





9 comentarios:

  1. Nunca he leído un escrito tan bello...

    Me he emocionado, eso es amor, lo demás es cuento.

    De verdad que me dija sin palabras tanta belleza.

    Un beso.

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  2. Así es Chaly, pero donde hay amor no existe el tiempo ni las distancias.
    Un beso

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  3. Esto es amor como tu dices, amor del de verdad.
    Gracias por tu generosidad, viniendo de ti es todo un halago.
    Mila musuak amiga

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  4. Hay que sentir un amor muy grande para poder escribir un relato tan emotivo como este, haber sentido el bosque y la naturaleza como propios.
    Me transmitiste tristeza, y un gran sentimiento que un día conocí.
    Me gustaría poder conversar contigo si es posible, me has llegado muy adentro.
    O.P

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  5. Un relato sorprendente amiga, el sentimiento del amor es tan profundo a veces que ni el tiempo puede apagar esa llama

    un beso

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  6. Que hermosa historia, estaba buscando una imagen de una mujer arbol para pintarla y la leí. Me identifica en varias partes, por eso se me ocurrio pintar una mujer arbol.
    Saludos y buenos deseos en el amor :)

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  7. Todo un homenaje al AMOR, que maravilla de relato.
    No dejes de escribir nunca.
    Namasté.

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  8. Muchas gracias por tu comentario Salva. Hay un poco de autobiográfico en la historia. Un abrazo

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