
Dicen que lo que se desconoce no se extraña, pero yo añoro una parte de mi infancia que fue muy corta y que confundo entre recuerdos y retratos en blanco y negro.
Recuerdo muy remotamente a mi padre que murió cuando yo solo tenía ocho años. Aun así conservo en mi memoria momentos puntuales, retazos y sensaciones que se entremezclan desordenadamente.
A Angel mi padre,le encantaba el jazz, el swing y el sonido de su gramola que siempre con el volumen alto invadía toda la casa.
Seguramente la primera música que debí escuchar en mi vida fue la voz de Ella Fitzgeral o quizás a Glen Miller.
Cuando pienso en él es como si viera una película de super 8. Vienen a mi pensamiento imágenes inconexas.
Subir de su mano las escaleras del desaparecido parque de atracciones de Montjuic, como le incordiaba en las mañanas de domingo para que me llevara al zoo y sobretodo el camino hacia la escuela.
Mi padre me llevaba al cole cada mañana y era algo que me gustaba.
Mi madre le regaló un mechero que tenía música y era toda una atracción entre las niñas amigas mías que encontrábamos por el camino.
Era muy alto y muy presumido. Vestía como un pincel, con su traje, su corbata y su insignia del C.F. Español en la solapa.Incluso hasta por casa llevaba la corbata puesta y su batín de cuadros al puro estilo de las películas americanas.
Yo nací tardía e inesperadamente. Llegué sin pedir permiso. Me llevo muchos años con mis hermanas mayores y lo que esperaban todos era que yo fuera un niño, pero nací yo y me convertí en la muñequita, la nena para toda la familia, aún ahora mi madre me presenta así «mi nena», aunque supongo que debe ser algo normal para nuestros padres. Siempre seremos pequeños a quien proteger así tengamos 70 años. Mis hermanas cuentan que mi padre estaba muy ilusionado conmigo y que me lleve en gran proporción de sus atenciones.
Mi padre tocaba el contrabajo como aficionado, era músico de corazón como lo fue su padre y sus hermanos, pero el fundar una familia le llevó a buscar la estabilidad en el funcionariado.
La música le acompañó a lo largo de su vida. Su hermano pequeño se dedicó profesionalmente a ella y tuvo su propia orquesta y éxito.
Me encantaba ir a visitar a mi tío porque aunque no tenía hijos con quienes jugar, tenía una sala que era el estudio donde componía y había toda suerte de instrumentos, piano, trompetas, violines, saxos. También tenía dos perros y eso ya era para mi un pasaje a la luna.
Me moría por aporrear aquel piano, pero antes de llegar mi padre ya me había aleccionado para que no me moviera de la silla, diera las gracias si me ofrecían algo y todas esas cosas que nos inculcaban en la época en la que reinaba Carolo, pero siempre me las ingeniaba para llegar al piano.
Su esposa había sido de joven primera bailarina del Liceo y tenía vestidos maravillosos de danza. Hoy a sus 87 años aun sigue haciendo piruetas y toca con las palmas de las manos al suelo.
Ahora que soy mayor y con un poco mas de conocimiento de causa, se que no era oro todo lo que relucía y que un escenario y su atrezzo no hace ni mejores ni peores a las personas.
A veces solo están de paso en nuestras vidas sin pena ni gloria y es que la gente muestra su verdadera faz cuando se presenta la adversidad.
Era mi padre quien se acercaba a su hermano. Cuando el nos abandonó al morir, a mi tío solo le veíamos un día en el año, para Reyes, con un buen regalo eso sí, pero ni la muerte de su hermano consiguió acercarle a nosotras, aunque a decir verdad tampoco hicieron ninguna falta, solo la tristeza de comprender que mi padre estimaba y admiraba una holografía.
Los sábados por la tarde mis hermanas, mi padre y yo íbamos a una casa regional. El jugaba a las cartas con sus paisanos y mis hermanas se reunían en la sala de actos con sus amigos y yo me quedaba bajo su cargo, pero claro, cuando el gato no está los ratones juegan.
En esa sala de actos había una mesa de ping pong y un piano al que mi amiguita Merche y yo torturábamos.
Me gustaba mucho ir al Centro. Merche tenía mi edad era hija de los encargados del bar, así que conocía todos los recobecos del local que me parecía inmenso en esos tiempos y andábamos de exploradoras. Cuando habían fiestas con baile, subíamos las dos al palco y aunque quede algo feo decirlo escupíamos de vez en cuando a los que bailaban abajo y nos escondíamos, recuerdo que era muy emocionante esa sensación de hacer una maldad y procurar que no nos descubrieran. D Esas tardes de sábado mi padre me compraba una Cocacola y una bolsa de patatas y eso se convirtió en un ritual y un vicio que aún conservo. Los sábados eran sin lugar a dudas estupendos.
Al regresar a casa, ya de noche recuerdo ir cogida de las manos en medio de mis hermanas que me levantaban por los aires tírandome de los brazos. Al fondo sobre el edificio un enorme anuncio de neón de Phillips, como colofón.
Muchos domingos íbamos a ver las carreras de galgos al canódromo, pero de ahí solo guardo el recuerdo de los perros corriendo tras la liebre de juguete.
Mi padre daba una imagen de seriedad, pero era muy amable, muy educado y albergaba un corazón sensible y tierno, de ese que se muestra sin reservas a los niños.
A veces cuando me acostaba me cantaba «muñequita linda de cabellos de oro...» y aun hoy no soy capaz de escuchar esa canción sin derramar alguna lagrimilla, a mis hermanas les ocurre lo mismo.
En la fiesta de las bodas de plata de mis hermanas vinieron unos violinistas a nuestra mesa y por azar tocaron esa canción y acabamos llorando a moco tendido todas. Supongo que los violinistas alucinaron y no entendían que pasaba.
Y es que mi padre se hizo presente a través de la música. El estaba allí, como siempre ha estado.
Su vida tocó a su fin en tan solo quince días, por esa maldita enfermedad que se lleva a las personas de la peor de las maneras. En su caso fue benévola y no sufrió demasiado, simplemente se fue apagando rápidamente.
Nuestra casa se llenó de gente y en el funeral no se cabía en la iglesia, debió ser muy querido de muchos.
Una amiga de mis hermanas, Cati, me ayudó a vestirme para el entierro y al salir de la iglesia me dio una rosa de una de las coronas que aún conservo en una caja junto a una mariposa de la que ya casi no queda nada.
Sentí su ausencia muchas veces, aunque mi madre supo dar la talla por los dos y es que mi madre es un ser excepcional. Nunca mas volvió a casarse a pesar de enviudar tan joven.
Mi padre dejó un listón demasiado alto. Ella dice sentir aún su presencia, parece que no dejó que su alma siguiera su camino.
Hoy que mi vida es una amalgama de emociones y de importantes decisiones me gustaría disfrutar del consejo de mi padre.
Ojalá mi «Angel» tomara mi mano como de pequeña e hiciera la luz sobre el camino que debo tomar y disolviera todas mis preocupaciones.